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«Cómo escapé de la muerte de Auschwitz»

El increíble relato de la hermana «póstuma» de Ana Frank

Redacción / BBC News Mundo / 13 abril 2022

Mate difunde este importante documento considerando su aporte en la batalla de la humanidad por la Memoria, la Verdad y la Justicia.

A sus 93 años, Eva Schloss es hoy una de las últimas sobrevivientes del Holocausto.

Eva Schloss y Ana Frank eran amigas de la infancia, vecinas en la Ámsterdam ocupada por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial.

Eva recuerda que el apodo de Ana era «miss quack quack»; según ella, la autora del diario, que se convertiría en uno de los íconos del Holocausto, se ganó el apodo porque le encantaba conversar.

Y al igual que los Frank, la familia judía de Eva se vio obligada a esconderse. Pero eventualmente sería descubierta y enviada al campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau en Polonia.

Después de la guerra, Eva se convirtió en la hermanastra póstuma de Ana Frank cuando su madre se casó con el padre de Ana, Otto Frank.

En una entrevista con la periodista Emily Webb, del programa de radio Outlook de la BBC, contó cómo fue capturada y escapó de la muerte en el campo de exterminio nazi.

El comienzo del odio

Los prisioneros eran llevados en trenes de carga a Auschwitz.

Eva Geiringer Schloss vivió una infancia feliz con sus padres, Erich y Elfriede, y su hermano mayor, Heinz, en Viena: le encantaba esquiar en las montañas en invierno y nadar en el lago en los meses de verano.

Pero las tropas nazis invadieron Austria el 12 de marzo de 1938 para anexar el país a Alemania. De la noche a la mañana, amigos y vecinos se volvieron contra la familia de Eva simplemente porque la familia era judía. Eva tenía 9 años en ese momento.

«Mi mejor amiga era una niña católica. Cuando fui a su casa, su madre me vio llegar, me miró con tanto odio y dijo: ‘Ya no te queremos ver aquí’. Y cerró la puerta en mi cara», recuerda Eva en una entrevista con el programa Outlook de la BBC.

«Estaba en estado de shock. Me fui a casa llorando. Y mi madre dijo: ‘Desafortunadamente, eso es lo que va a pasar, parece que a la gente ya no le agradamos’.

Su hermano, Heinz, entonces de 12 años, fue atacado físicamente por sus propios amigos.

«Llegó a casa en un estado lamentable. Su rostro estaba cubierto de sangre, su ropa estaba desgarrada. Y cuando mis padres preguntaron (qué había sucedido), dijo: ‘Mis mejores amigos hicieron esto, y los maestros solo estaban mirando’.»

Para escapar de la persecución en Austria, los Geiringer se refugiaron primero en Bélgica y luego en Holanda.

Conociendo a Ana

Eva Schloss, con 11 años, en 1940
El diario de Ana Frank continúa leyéndose más de 70 años después de su muerte.

Y fue en Ámsterdam donde Eva conoció a Ana Frank: la autora del diario más famoso del mundo vivía en el edificio donde se mudaron.

«Todos los niños iban a jugar después de la escuela en el área abierta (del edificio). Y un día una niña pequeña se me acercó y se presentó, su nombre era Ana Frank.

«Ella me preguntó de dónde vengo, dije Austria, y así sucesivamente. ‘¿Así que hablas alemán?’, ella dijo: ‘Oh, mis padres también hablan alemán’.

«Después me llevó a su departamento a conocer a su familia. Y así conocí a Otto, quien luego se convirtió en mi padrastro, su hermana y su madre», cuenta.

Las dos se hicieron amigas, pero «no mejores amigas», aclara Eva, debido a que tenían intereses distintos en ese momento.

«Yo quería jugar. Anne era más femenina, ya más interesada en la ropa y en los chicos. Cuando le dije que tenía un hermano, me dijo: ‘Oh, ¿puedo conocerlo?'», recuerda.

La persecución

Poco después de que los Geiringer llegaran a Amsterdam en 1940, los nazis invadieron Holanda y pronto comenzó la persecución de los judíos. Intentaron salir del país, pero esta vez no pudieron.

«No podíamos usar el transporte público, teníamos que andar en bicicleta, comprar en tiendas judías, los cristianos tenían prohibido venir a nuestra casa, teníamos prohibido ir a casas cristianas. No podíamos ir al cine, a la piscina… Dijeron que teníamos que dejar nuestra escuela e ir a escuelas judías», dice ella.

Pero a pesar de todo, Eva todavía tiene buenos recuerdos de este período, especialmente de su hermano, Heinz, quien le tocaba canciones al piano para bailar y, como ya no podían ir al cine, preparó una presentación especial de la película Blancanieves y los Siete Enanitos para su hermana, con los personajes dibujados en cartulinas.

«Hizo todo para hacerme feliz, para complacerme».

«Así que la ocupación aún no era tan terrible», evalúa Eva.

Pero lo peor estaba por llegar.

En 1942, los nazis idearon la llamada «Solución final», el plan para el genocidio del pueblo judío, que culminó con el asesinato de dos tercios de la población judía de Europa.

Mengele (segundo en la izquierda) era conocido con el apodo «Ángel de la muerte» por la manera fría con la que, con un gesto de la mano, despachaba a los prisioneros a la muerte

Fue entonces cuando el hermano de Eva, así como otros jóvenes, recibieron una carta de citación para ser enviados a un campo de trabajo nazi en Alemania, y su padre decidió que la familia debería esconderse.

«Mi padre me explicó que todos los países ocupados (por los nazis) tenían un movimiento de resistencia, lo que significaba que estaban boicoteando lo que estaban haciendo los alemanes».

«Estas personas encontraron casas para que nos escondiéramos», dice.

Familias escondidas

La familia Geiringer se dividió estratégicamente en diferentes casas: Eva se refugió con su madre, mientras que Heinz se escondió con su padre.

Como había constantes incursiones de la policía nazi, la resistencia holandesa construyó un pequeño escondite para Eva y su madre en el baño de la casa donde estaban refugiadas, detrás de una pared falsa.

Recuerda el pavor que sintió cuando uno de los soldados entró al baño.

«Escuché (el chirrido) de sus botas al entrar, y mi corazón latía tan fuerte que pensé que lo escucharía a través de la partición, pero por supuesto que no (lo hizo). Simplemente abrió la puerta, miró adentro y probablemente salió de nuevo».

Después de dos años de esconderse, el 11 de mayo de 1944, el día en que Eva cumplió 15 años, sucedió lo que los Geiringer temían.

La traición

«Era mi cumpleaños número 15, nos habíamos mudado recientemente a la casa de esta familia, una familia muy agradable, una pareja mayor. Tenían un desayuno de huevo especial de cumpleaños porque solo comíamos un huevo a la semana».

«De repente llamaron a la puerta. Bueno, por la mañana no hubo problema. El dueño de la casa bajó y abrió la puerta. Había dos nazis y dos policías holandeses. Subieron las escaleras y fueron directamente hacia mi madre y hacia mí».

La familia de Eva había sido traicionada por un doble agente de la Resistencia holandesa.

Los llevaron a la sede de la Gestapo, la policía secreta nazi, donde Eva fue interrogada extensamente. Lo que ella no sabía era que su padre y su hermano también habían sido capturados.

«Eventualmente me liberaron y me arrojaron en una pequeña habitación. Allí estaban mi padre, Heinz y mi madre».

Más tarde se descubrió que la enfermera que albergaba al padre y al hermano de Eva entregó a alrededor de 200 familias judías a los nazis, incluidos los Geiringer.

Los nazis ofrecieron grandes recompensas a cualquiera que entregara a los judíos que estaban escondidos.

Un traumático viaje en tren

Posteriormente, los Geiringer fueron llevados en un tren de carga al campo de concentración de Auschwitz-Birkenau, dentro de un vagón de ganado.

Todavía desnudas, madre e hija fueron conducidas afuera, donde había enormes pilas de ropa.

«Alrededor de 70 personas fueron empujadas dentro (del vagón). No había lugar para sentarse, solo en el piso. Trajeron dos cubetas, una para agua y otra para (usar) como inodoro. Una pequeña cubeta común».

«Luego venían y cerraban la puerta, ya nos sentíamos como en la cárcel. Y entonces continuamos nuestro camino. Una vez al día, abrían la puerta, y echaban pedacitos de pan adentro. Y cambiaban los baldes», relató.

En ese momento, todavía no sabían a dónde iban.

«Viajamos durante unos tres o cuatro días. La gente se desmayaba, lloraba, hacía un clima terrible».

El viaje en tren fue la última vez que los Geiringer estuvieron todos juntos como familia.

«Mi padre se disculpó con nosotros, dijo que ya no podía protegernos».

«Y nos dio instrucciones: ‘Siempre lávense las manos, traten de ayudarse siempre. Intentaremos permanecer juntos. Recuerden: tenemos una oportunidad, podemos lograrlo, los cuatro'».

Auschwitz

Cuando llegaron a Auschwitz, en territorio polaco, los hombres fueron separados casi de inmediato de las mujeres. Eva tuvo entonces que despedirse de su padre y su hermano.

«Fue una despedida terrible, porque nos dimos cuenta de que tal vez nunca más nos volviéramos a ver», dice Eva.

Al menos 1,1 millones de personas serían asesinadas en Auschwitz, campo de concentración que, con sus cámaras de gas y crematorios, se convertiría en el complejo de campos de exterminio más mortífero del Tercer Reich.

Eva fue una de los miles de niños y adolescentes trasladadas a Auschwitz-Birkenau

Eva y su madre fueron llevadas a Birkenau, un anexo de Auschwitz, donde se sometieron a otra inspección, esta vez a cargo de Josef Mengele, el médico nazi conocido como el «Ángel de la Muerte».

«Él no estaba allí para cuidar la salud de las personas, sino para decidir quién iba a morir y quién iba a vivir. No lo sabíamos, por supuesto».

Mientras hacían fila, dice que su madre insistió en que se pusiera el abrigo y el sombrero.

«Era un abrigo enorme, no me quedaba para nada, y no lo quería, hacía calor. Pero mi mamá dijo: ‘Úsalo, tal vez sea útil’.

«Mengele venía, te miraba por un segundo y decía: ‘Por aquí, por allá, por allá, por allá’. Fue muy rápido. Y como no vio lo joven que era, me fui a un lado ‘bueno’ con mi madre».

En ese momento, Eva no sabía lo que significaba ser seleccionada para el otro bando.

«Pensamos: tal vez los lleven a un campamento mejor, un campamento (de trabajo) más fácil, no queríamos pensar en nada más».

Después, tenían que desnudarse por completo -Eva recuerda a los soldados nazis riéndose de su humillación-, les rapaban el pelo y les tatuaban.

«‘Te vas a tatuar ahora. Te vamos a poner un número en el brazo, y si te necesitamos, te vamos a llamar por el número. Olvídate de que tienes un nombre y eres un ser humano'», recuerda Eva que le dijeron.

Trato deshumanizante

Todavía desnudas, madre e hija fueron conducidas afuera, donde había enormes pilas de ropa.

«Solo podías tener una pieza, que podía ser un abrigo grueso o un vestido de noche, solo una, no importaba. Y luego dos zapatos, todos sin cordones, por supuesto, y nunca era un par, podía ser dos botas altas distintas o una sandalia y una bota», describe.

Mientras tanto, los guardias les decían a los prisioneros en un tono burlón que los miembros de su familia de los que habían sido separados habían sido ejecutados: «Cuando te vayas en unos minutos, podrás oler la carne quemada, porque ya fueron asesinados en la cámara de gas, solo serán incinerados ahora».

«Fue muy cruel. No tenían por qué decirnos eso».

Luego, madre e hija fueron llevadas a un cobertizo, una especie de alojamiento, donde solo había literas de madera.

«Eran (camas literas) de tres pisos, sin manta, sin forro. Nada. Y en una de estas tenían que caber ocho (mujeres), describe Eva.

«Dijeron: ‘Solo encuentra un lugar, aquí es donde vivirás mientras vivas’. Y nos dejaron allí».

Unos días después, Eva enfermó de tifus, una enfermedad causada por bacterias transmitidas por piojos y otros artrópodos, que causa fiebre alta, dolores musculares y erupciones en la piel. Durante esa época, el tifus mató entre el 10% y el 40% de las personas infectadas.

Un ‘pequeño’ milagro

Una de las víctimas más famosas del tifus durante la Segunda Guerra Mundial fue Ana Frank, quien murió a causa de la enfermedad en el campo de exterminio nazi de Bergen-Belsen en 1945.

«Sabíamos que había un hospital donde trabajaba Mengele. Así que mi madre dijo que podía llevarme allí para ver si podíamos conseguir alguna medicina.

«Los otros presos decían: ‘No se lleve (a la niña), porque nunca saldrá viva’. Y mi madre respondió: ‘Pero ella se va a morir de todos modos si no voy’. Tengo que ir.»

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